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Esta cueva natural, capricho de la naturaleza, es una boca rasgada en vertical sobre un castro donde se estrellaban las olas del mar, y a varios metros, otras en redondo al nivel del agua. En mareas altas se comunicaban dentro del océano desde el castro pero muchos metros al interior, y al no tener salida, en el retroceso, formaban un ruido infernal conocido como un barómetro natural. El eco se oye desde los pueblos altos de la provincia y su refrán popular dice:

“Cuando la Cueva de Oreña ruta, unce los bueyes y vete a por la leña”

El movimiento de las aguas se adelanta al temporal en muchas horas y es la causa de prevenir a los pueblos, que ya los saben de generación en generación. Es tal lo que impone esta cueva que cuando uno está cerca, los pelos se ponen de punta; quien lo haya visto, no lo podrá creer.

La zona de la cueva, desde el Nediaje hasta Calderón es muy rica en percebe, además los más ricos del litoral pero tienen un precio muy caro, pues el mar cobra un impuesto todos los años al reservar una sepultura para los mariscadores.

Si los que habitaron el pueblo de Oreña bien en la prehistoria, lo mismo que los grandes pescadores de hace cien o veinte años se les pudiera decir que un hombre entró en la toñada, pasando al interior de la cueva, no se lo creerían, y el caso fue cierto. Siendo así la mayoría del pueblo no lo cree pero el milagro ocurrió y los detalles son los siguientes:

Vive en Oreña, donde nació, cerca del mar, Jose Manuel Jareda Martínez (Puchi). Desde niño destacó por sus extraordinarias cualidades físicas, sin que haya participado en ninguna competición deportiva. Puchi era muy aficionado al mar, bien como pescador o como marinero y este año pasado fue con un hombre-rana al mar, en ocasión estaba muy bella al no hacer olas, como se acostumbra a decir cuando el mar está en calma. Al llegar a la cueva y no ver movimiento le dijo al rana que era Merín Calderón que le dejase el pantalón y la camisa de goma, y después de discutir mucho, pues Marín se oponía, Puchi se metió en la cueva, donde en un momento cavó a unos treinta kilos de percebes, pues nunca los había visto tan enorme. Recogió Merín los percebes y Puchi se introdujo, de nuevo, en la cueva; cuando se disponía a cavar más , por un misterioso fenómeno, de los que el mar es muy rico y nadie acierta a comprender, empezaron a penetrar cientos de toneladas de agua por las dos bocas, cogiendo de sorpresa a Puchi que tan pronto estaba a veinte metros de altura, como se veía en el suelo, lo mismo que pluma en el viento. Encerrado en la oscuridad, dando de pared en pared, metiéndole hasta el final y volviendo al centro de la cueva pero sin sacarle de ella, y rozando todas las cavernas interiores. En uno de estos momentos críticos, se subió al techo donde Puchi se agarró pero no pudo aguantarse y se dejó caer al agua, sin moral, rendido y falto de fe. Se veía perdido pero su instinto de conservación le hizo procurar el último esfuerzo, se tiró al fondo de la cueva en dirección a la boca y, agarrándose a las piedras del fondo, logró salir pero completamente inconsciente.

Merín al verle, pues le creía perdido, le tiró un neumático y, a voces, le hizo agarrarse a él. Puchi salió con él, aunque nadando en dirección a alta mar, fue serenándose y Merín a fuerza, siempre de gritos, logró hacerle volver pero Puchi fue a salir a mucha distancia de la cueva por el pánico que ésta le había metido en el cuerpo. El resto del día lo pasó Puchi sin hablar y, ya recuperado, lo tuvo callado muchos días.

Esta aventura, cualquiera que conozca la cueva no podría creerla, fue cierta. Ahora, cuando le preguntan a Puchi dice que pensó más en aquellos trágicos minutos que en los veintisiete años de su vida.

Valetín Usamentiaga.