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En la vieja carretera, que desde Novales pasaba por Cilda, se encuentra esta vieja ermita con poca historia. No así la Venta que en su tiempo fue tristemente célebre por un repúgnate crimen que allí se cometió.

Habitaba dicha Venta una señora, que por el hecho de vivir sola, podemos calificarla de “Arma Tomar”. Entonces era corriente ver los osos y los lobos por aquel monte, pasaban por este camino hombres y mujeres desde Comillas y además pueblos con dirección a Torrelavega y el resto de la comarca. Una de las que frecuentaba el camino era la de Cóbreces y tenía amistad con la de la ventera. Al pasar cierto día, le hizo varias preguntas sonsacándole a la pobre mujer de Cóbreces a lo que iba. Esta señora tenía a su marido en Filipinas y le había mandado una letra, por lo que se desplazaba a Torrelavega a cobrarla. La ventera, tan pronto supo esto, empezó a premeditar la forma de pasar el dinero a su poder.

En esta venta tenía su paradero un hombre que practicaba la mendicidad, dormía en un rincón apartado dentro de la Venta y vulgarmente era conocido, en toda la comarca, por el apodo de “CALZONOSO”. En esto pensó la ventera, que tenía la ropa en el rincón donde dormía, y sin pensarlo se puso la camisa y pantalón de él, salió al camino y la mató. Seguidamente, se quitó la ropa manchada en sangre y la colocó en el rincón del Calzonoso. No tuvo problemas la Fuerza Pública para dar con la pista del asesino, las señales de la ropa del Calzonoso, rasgadas en señal de lucha que sostuvieron y con grandes manchas de sangre, el crimen estaba localizado. Calzonoso fue detenido y, a pesar de poner pruebas evidentes de dónde había pasado el día, de nada le sirvió. Calzonoso fue condenado a lo que llamaban Justicia a la Última Pena, y ahorcado en la Plaza de Torrelavega en presencia de numeroso público. Unos minutos antes de morir, pronunció estas palabras: “Muchas he hecho, pero yo no he matado a nadie”.

Los años se le volvían días a la ventera de Cilda, se le había introducido un microbio en su cuerpo que le iba ahogando y se veía morir de pena, pues su conciencia no podía soportar tan enorme peso. Esta mujer cuando se vio mal, mandó llamar al sacerdote y unos vecinos, y declaró públicamente que Calzonoso había muerto inocente, que quien había matado a la vecina de Cóbreces había sido ella con las ropas de Calzonoso. Sin embargo, la mayor pena de la ventera fue que no encontró el dinero, pero sí el médico al hacerle la autopsia, pues lo tenía en el moño.

            Este crimen hace años lo recordaba cierta revista de Torrelavega y, por cierto, añadía algo más que en Oreña no se sabía, cuando se trasladaron los restos del cementerio viejo de Torrelavega al actual, la tumba de Calzonoso apareció como si se hubiese enterrado recientemente, estaba completo, incorrupto.

 

Valetín Usamentiaga.